Filmación mesocrática Española

No es de extrañar que el método científico de producción de F. W. Taylor y coetáneamente las innovaciones organizativas de Henry Ford fueran conocidas casi de inmediato, como también las propuestas urbanísticas de tipo falisterista. Ello significó la posibilidad de construir una trama o argumento narrativo para proponer la sociedad del novecientos como modelo social de modernidad y vanguardia. Las ánimas más sensibles y cultivadas, la mayoría de matriz universitaria, coincidían en la implantación de los nuevos sistemas organizativos en la industria en general y las fábricas en particular, mediante la aplicación de los sistemas generalmente denominados taylorista, fordista, falisterista, para resolver “técnicamente” el antagonismo de las clases sociales. La argumentación defendía que los aumentos retributivos proporcionales al incremento de la productividad, supondría una disminución de precios y en consecuencia, un reparto más equitativo de la riqueza y del bienestar, mediante la adquisición de bienes industriales fabricados bajo criterios de racionalidad del trabajo; argumentación todavía muy vigente en el día de hoy. La justificación en el nuevo orden organizativo era poner al alcance de la mayoría, casi selecta, bienes fabricados industrialmente de difícil acceso a la población trabajadora: automóviles, lavadoras, neveras. Emilio Granier Barrera, en un ensayo titulado la “Mayoría Selecta” publicado el 1947 la definía como una amplia mayoría social con capacidad de liderazgo y de cambio como respuesta a Vicens Vives que proponía una minoría selecta como actor de cambio. Sin embargo, nuestra sociedad basada en la tecnología y con un discurso “racional” denomina mayoría selecta a la población con capacidad de producción y consumo de los bienes “técnicos” que son propiedad “técnica” de la minoría selecta (CORTÉS, 2008).

Dicha implantación se realizó auspiciada por gobiernos no necesariamente democráticos. Ello conllevó un modelo de sociedad en que la mano invisible saludaba la mano visible.  La narración fílmica del crecimiento de los últimos cincuenta años en España es sin duda la evolución de su estructura social. Se construyen las clases medias, el llamado Milagro de la Década Prodigiosa, los 60 del siglo XX, que inauguran una asíntota logarítmica de crecimiento espectacular hasta el 2008. Abandonamos el carro-moto de Plácido para ir con coche: El turismo un gran invento (Dir. Lazaga, P. [Esp. 1968]). También democratizamos el privilegio de ser universitario, en una sola generación, perfectamente reflejado Margarita se llama mi amor (Dir. Fernández, R. [Esp. 1961]). Se extendió el derecho de las vacaciones pagadas cómicamente evidenciado en Verano 70 (Dir. Lazaga, P. [Esp. 1969]). Por fin, nuestra sociedad era por primera vez en historia mayoritariamente mesocrática. Nos modernizamos; ya no éramos aquel cateto a babor (Dir. Fernández, R. [Esp. 1970]) perplejo al cambio sino el Soldadito español (Dir. Giménez-Rico, A. [Esp. 1988]) atento a las transformaciones. Las verdes praderas (Dir. Garci, J.L. [Esp. 1979]) allanó el Pacto de 1978, los Pactos de la Moncloa. Los gobiernos democráticos “fordizan” la educación y la salud. Y se construye taylorizadamente la nueva red de conexión de transporte de comunicación y de ideas. No obstante, Todos al suelo (Dir. Ozores, M. [Esp. 1982]) y Asalto en el Banco Central (Dir. Lapeira, S. [Esp. 1983]) denuncian con ironía y con dramatismo las dificultades técnicas de la que ha sido hasta ahora la actual arquitectura de la democracia española. 

 

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